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Mostrando entradas de octubre, 2024

La carta

  Una temperatura fría, insólita para ser junio, hacía que aún no hubieran podido despedirse de las mangas largas. Corría el año de mil novecientos noventa y tres, y pronto se celebraría la Feria del Condado de San Diego. William, a pesar del frescor del clima, sudaba copiosamente. Esperaba con gran temor una misiva que sería decisiva en su vida. No tardaría en llegar, estaba seguro, y aquello le causaba horror. Un par de horas antes de que el cartero repartiera la correspondencia en su barrio, los temblores comenzaban. Tenía el estómago cerrado. A duras penas se obligaba a comer algo, para evitar desfallecer. En el transcurso de una semana había adelgazado tres kilos. Soñaba, cuando lograba conciliar el sueño, con el dichoso sobre que no tardaría en asomar en su buzón, y con su contenido espeluznante. Tambaleante, alcanzaba el compartimiento, situado en la entrada de su casa, los dedos cruzados, la mirada suplicante. Se encomendaba a cualquier dios que quisiera oírle. Abría despac...

Arrivederci, carcamal

—¡Eres un viejo chocho! No te soporto más. —Espera, que habló la mocita ¡Eres una cascarrabias! Siempre estás de mal humor. —Tú me pones así ¡Eres un desastre! Cada vez eran más frecuentes sus discusiones. Había llegado el momento en el que no les importaba tener testigos de las rencillas que día sí, día también, les envolvían. Patricia, su única hija, había presenciado más de una riña, cosa que no entendía. No recordaba haber vivido momentos como esos en su niñez y juventud, a pesar de que las habían pasado canutas en más de una ocasión, por problemas económicos sobre todo. Cuando le anunciaron su divorcio, la mujer no salía de su asombro. —¿A estas alturas, después de más de sesenta años juntos? No os comprendo—les dijo, nada más recibir la noticia, durante un almuerzo que compartieron los tres en la casa familiar. —No nos hacemos felices, hija. Es lo mejor. Me iré a vivir con la tía Encarna, y tu padre se quedará aquí, en el piso. Pedro asintió. Por una vez, desde hacía bastante tie...

Se acabó

  Recuerdo claramente cómo tus ojos se empaparon, cuando te lo solté todo.  Temías que llegara ese momento desde hacía tiempo, pero no quisiste hacer caso de las señales. Hasta que fue demasiado tarde.  Por tu cabeza pasaron los momentos más dulces, como aquellas tardes de invierno, cuando compartíamos una humeante taza de chocolate con churros.  Sentí tu pesar, pero no había marcha atrás. Se acabaron las sesiones de cine, seguidas de una deliciosa cena en nuestro restaurante favorito. No. No había vuelta atrás. La decisión estaba tomada, a pesar de tus súplicas. Miré toda mi ropa, esparcida sobre la cama de nuestro dormitorio. Y lloré. Lloré con amargura. Te acercaste, y me abrazaste por detrás, depositando un dulce beso en mi cuello. Me estremecí, y me di la vuelta. Te miré a los ojos, y traté de que mi voz sonara lo más convincente posible: — No hay vuelta atrás. Mañana empezamos la dieta. ©Rocío Ramírez Gámez Imagen de Pixabay

Al rincón de pensar

  La maestra lo había enviado al rincón de pensar. Y todo porque Marta le había llamado «Ramón orejón», y claro, no le quedó más remedio que tirarle del pelo. Ya sabía él que tenía las orejas grandes. Su madre no cesaba de recordárselo a la mínima ocasión: — Tienes las mismas orejas que tu padre. Enormes como alas de avión. Ramón no sabía si esto era cierto No conoció a su padre, que se había marchado cuando él apenas tenía un mes de vida. ¿En qué quería la seño que pensara? Podía pensar en lo agradable que era su mamá con otros niños, y las carantoñas que les hacía, mientras que lo único que recibía de su parte eran malos modos y pescozones. O podía pensar en la señora de la frutería, que siempre le sonreía y le regalaba una manzana. Para ella, Ramón no era tonto, ni feo, como lo era para los demás. Pero le vino un pensamiento que no le gustó. Y apareció de golpe, sin avisar. Pensó en aquella vez que se cayó en el parque y se le rasparon las rodillas. Llorando, acudió a su madre e...

Homicidio involuntario

  Martín yacía en el suelo del bar, muerto. Luis lo supo en cuanto lo vio boca arriba, con los ojos abiertos, sin pestañear, con un halo rojo que se extendía lentamente a su alrededor. Se arrodilló a su lado, y llorando, pidió perdón al cuerpo sin vida de su mejor amigo. ¿Cómo pudo pasar aquello? ¿Cómo no se controló a tiempo para evitar aquella tragedia? Aquel terrible golpe acabó con Martín, como el zapatazo de un viandante que acaba con una cucaracha solitaria que se pasea por las aceras. Solo que Martín no era un bicho, joder, que era su mejor amigo, como su hermano. Habían crecido juntos, uno hincha del Madrid, y el otro del Barcelona, y jamás tuvieron disputa alguna por ello. Uno votaba al partido de color rojo, mientras que el otro lo hacía al azul, sin mediar discusión acerca de esos temas. Uno era religioso, en tanto el otro era ateo. Tampoco la religión logró separarles. Pero cuando Frasco, el dueño del bar, lanzó aquella fatídica cuestión...¿La tortilla con cebolla o sin...

No es un buen día para morir

  Cuando Teresa se levantó aquella mañana, ni por asomo se imaginó que horas después estaría muerta. Se despertó con un fuerte dolor de cabeza. La noche anterior se había fumado un cigarro poco antes de ir a la cama, a sabiendas de que le sentaría mal, pero pudo más el ansia y la creencia de que aquello le relajaría. Se había equivocado por completo. Sentía la boca pastosa y reseca. Resistió la tentación de quedarse un rato más en la cama e hizo un esfuerzo inmenso por levantarse. Tenía que preparar a los niños, darles el desayuno, y procurar que se vistieran y lavaran la cara y los dientes. Parecía una tarea fácil, pero aquellos dos monstruitos la complicaban. Entró en el baño y miró cansada la enorme pila de ropa que se acumulaba en la cesta. No había parado de llover en días, y la secadora no funcionaba. Se metió en la bañera. Necesitaba una ducha rápida y ¡vaya si lo fue! El agua salía helada. Había olvidado que la bombona se había agotado, y claro, Carlos estaba demasiado fati...

Miau, miau

  La encontré una noche, cuando regresaba a casa del hipermercado donde trabajaba.  Antes de verla, la intuí. Noté cómo me miraba, después la oí maullar, con un quejido lastimero y, por último, asomó una cabecita oscura de enormes ojos verdes. Quise seguir mi camino, e ignorarla, pero me siguió, vacilante al principio, resuelta después. Me paré. Se acercó, valiente, y se restregó contra mis piernas. La cogí en brazos, y la llevé a casa. — Rosa, sabes que no me gustan los gatos —me dijo Álvaro, molesto. — Sólo será esta noche. Le daremos de comer, y mañana la dejo donde la encontré —prometí. A la semana, la gata, a la que no quise poner nombre, dormía a nuestros pies, en la cama. Había llegado el calor, casi sin avisar, y, tumbada entre nosotros dos, su pelaje actuaba como una estufa. Yo trataba de echarla de allí, pero Álvaro, cediendo a los maullidos lastimeros, la dejaba estar, como el niño pequeño que, tras una pesadilla, se acuesta entre sus padres. Solo que era una gata. ...

Capítulo seis

  Muchas tardes del verano las pasábamos en los recreativos de la calle de la Feria, cercana a la Alameda. A la abuela no le hacía mucha gracia, porque consideraba aquello una pérdida de tiempo y de dinero. El abuelo nos daba veinte duros a cada uno cada tres o cuatro días, cuando le parecía, y siempre a escondidas de la abuela. Mis hermanos prácticamente los gastaban esa misma tarde, si quedaban con sus amigos en los r ecre . Con dos partidas que jugaran al Donkey Kong , ya se les iba la mitad, aparte de las chuches que se compraban, por lo que tenían que esperar a que llegaran mis padres el fin de semana, o echar mano de mi caridad. A mí no me llamaban la atención las maquinitas aquellas, y era pésima jugando. Me daba una rabia tremenda perder cinco duros en menos de un minuto, que es lo que tardaba en aparecer el game over en la pantalla. Sin embargo, disfrutaba de aquel ambiente que me hacía creer que era una más entre los mayores. Mi presencia allí se debía a que a mis herman...

Capítulo cinco

  Había transcurrido una semana desde el entierro de Mónica. Los investigadores no soltaban prenda sobre el avance de las investigaciones, por lo que la gente de Guadafuente no hacía otra cosa que especular. La mayoría seguía culpando al novio de la chica, que tuvo que irse a vivir a casa de unos familiares en el pueblo de al lado. Según decían, no salía de la casa, debido al acoso al que era sometido por los vecinos. Y ello, a su vez, lo hacía parecer aún más culpable. Según decían, si no tenía nada que ocultar, no tenía por qué esconderse.   La abuela no me dejaba salir de la casa a no ser que fuera acompañada. No me parecía justo, pues mis hermanos tenían más libertad que yo para ir a todas partes por el mero hecho de ser niños. A fuerza de insistir, a veces lograba que me dejara ir con ellos a la piscina municipal, no sin antes prometerle que me bañaría en la piscina infantil, y que haría caso de mis hermanos. Aquello me parecía una locura, porque precisamente era yo la ...

Capítulo cuatro

  Jamás había visto el camposanto tan lleno de gente. Había acompañado a mi abuela en más de una ocasión, cuando llevábamos flores a nuestros familiares el día de Todos los Santos. Me llevaba de la mano, y me iba hablando de todos aquellos parientes y conocidos que habíamos perdido. Me encantaba escucharla, pese a que ya me sabía de memoria todas esas historias. Conocía el lugar donde yacía el primo Santiago, al que unas fiebres se lo habían llevado con catorce años, hacía más de medio siglo. Repetía en mi cabeza, de memoria, y a la par que mi abuela lo contaba, cómo una mula coceó al tío Lorenzo mientras araba. Pero aquel día, de la mano de Elvira, era totalmente diferente. Los conocidos no se saludaban con la efusividad de siempre, como en el festivo de noviembre. Reinaban la tensión y la tristeza. Pese a la masificación, Elvira había logrado colarse en las primeras filas, aguardando la llegada del féretro con los restos de Mónica, tras la misa de funeral celebrada en la iglesi...