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La carta

  Una temperatura fría, insólita para ser junio, hacía que aún no hubieran podido despedirse de las mangas largas. Corría el año de mil novecientos noventa y tres, y pronto se celebraría la Feria del Condado de San Diego. William, a pesar del frescor del clima, sudaba copiosamente. Esperaba con gran temor una misiva que sería decisiva en su vida. No tardaría en llegar, estaba seguro, y aquello le causaba horror. Un par de horas antes de que el cartero repartiera la correspondencia en su barrio, los temblores comenzaban. Tenía el estómago cerrado. A duras penas se obligaba a comer algo, para evitar desfallecer. En el transcurso de una semana había adelgazado tres kilos. Soñaba, cuando lograba conciliar el sueño, con el dichoso sobre que no tardaría en asomar en su buzón, y con su contenido espeluznante. Tambaleante, alcanzaba el compartimiento, situado en la entrada de su casa, los dedos cruzados, la mirada suplicante. Se encomendaba a cualquier dios que quisiera oírle. Abría despac...
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Arrivederci, carcamal

—¡Eres un viejo chocho! No te soporto más. —Espera, que habló la mocita ¡Eres una cascarrabias! Siempre estás de mal humor. —Tú me pones así ¡Eres un desastre! Cada vez eran más frecuentes sus discusiones. Había llegado el momento en el que no les importaba tener testigos de las rencillas que día sí, día también, les envolvían. Patricia, su única hija, había presenciado más de una riña, cosa que no entendía. No recordaba haber vivido momentos como esos en su niñez y juventud, a pesar de que las habían pasado canutas en más de una ocasión, por problemas económicos sobre todo. Cuando le anunciaron su divorcio, la mujer no salía de su asombro. —¿A estas alturas, después de más de sesenta años juntos? No os comprendo—les dijo, nada más recibir la noticia, durante un almuerzo que compartieron los tres en la casa familiar. —No nos hacemos felices, hija. Es lo mejor. Me iré a vivir con la tía Encarna, y tu padre se quedará aquí, en el piso. Pedro asintió. Por una vez, desde hacía bastante tie...

Se acabó

  Recuerdo claramente cómo tus ojos se empaparon, cuando te lo solté todo.  Temías que llegara ese momento desde hacía tiempo, pero no quisiste hacer caso de las señales. Hasta que fue demasiado tarde.  Por tu cabeza pasaron los momentos más dulces, como aquellas tardes de invierno, cuando compartíamos una humeante taza de chocolate con churros.  Sentí tu pesar, pero no había marcha atrás. Se acabaron las sesiones de cine, seguidas de una deliciosa cena en nuestro restaurante favorito. No. No había vuelta atrás. La decisión estaba tomada, a pesar de tus súplicas. Miré toda mi ropa, esparcida sobre la cama de nuestro dormitorio. Y lloré. Lloré con amargura. Te acercaste, y me abrazaste por detrás, depositando un dulce beso en mi cuello. Me estremecí, y me di la vuelta. Te miré a los ojos, y traté de que mi voz sonara lo más convincente posible: — No hay vuelta atrás. Mañana empezamos la dieta. ©Rocío Ramírez Gámez Imagen de Pixabay

Al rincón de pensar

  La maestra lo había enviado al rincón de pensar. Y todo porque Marta le había llamado «Ramón orejón», y claro, no le quedó más remedio que tirarle del pelo. Ya sabía él que tenía las orejas grandes. Su madre no cesaba de recordárselo a la mínima ocasión: — Tienes las mismas orejas que tu padre. Enormes como alas de avión. Ramón no sabía si esto era cierto No conoció a su padre, que se había marchado cuando él apenas tenía un mes de vida. ¿En qué quería la seño que pensara? Podía pensar en lo agradable que era su mamá con otros niños, y las carantoñas que les hacía, mientras que lo único que recibía de su parte eran malos modos y pescozones. O podía pensar en la señora de la frutería, que siempre le sonreía y le regalaba una manzana. Para ella, Ramón no era tonto, ni feo, como lo era para los demás. Pero le vino un pensamiento que no le gustó. Y apareció de golpe, sin avisar. Pensó en aquella vez que se cayó en el parque y se le rasparon las rodillas. Llorando, acudió a su madre e...

Homicidio involuntario

  Martín yacía en el suelo del bar, muerto. Luis lo supo en cuanto lo vio boca arriba, con los ojos abiertos, sin pestañear, con un halo rojo que se extendía lentamente a su alrededor. Se arrodilló a su lado, y llorando, pidió perdón al cuerpo sin vida de su mejor amigo. ¿Cómo pudo pasar aquello? ¿Cómo no se controló a tiempo para evitar aquella tragedia? Aquel terrible golpe acabó con Martín, como el zapatazo de un viandante que acaba con una cucaracha solitaria que se pasea por las aceras. Solo que Martín no era un bicho, joder, que era su mejor amigo, como su hermano. Habían crecido juntos, uno hincha del Madrid, y el otro del Barcelona, y jamás tuvieron disputa alguna por ello. Uno votaba al partido de color rojo, mientras que el otro lo hacía al azul, sin mediar discusión acerca de esos temas. Uno era religioso, en tanto el otro era ateo. Tampoco la religión logró separarles. Pero cuando Frasco, el dueño del bar, lanzó aquella fatídica cuestión...¿La tortilla con cebolla o sin...