Había transcurrido una semana desde
el entierro de Mónica. Los investigadores no soltaban prenda sobre el avance de
las investigaciones, por lo que la gente de Guadafuente no hacía otra cosa que
especular. La mayoría seguía culpando al novio de la chica, que tuvo que irse a
vivir a casa de unos familiares en el pueblo de al lado. Según decían, no salía
de la casa, debido al acoso al que era sometido por los vecinos. Y ello, a su
vez, lo hacía parecer aún más culpable. Según decían, si no tenía nada que ocultar,
no tenía por qué esconderse.
La abuela no me dejaba salir de la casa a no ser que fuera acompañada. No me parecía justo, pues mis hermanos tenían más libertad que yo para ir a todas partes por el mero hecho de ser niños. A fuerza de insistir, a veces lograba que me dejara ir con ellos a la piscina municipal, no sin antes prometerle que me bañaría en la piscina infantil, y que haría caso de mis hermanos. Aquello me parecía una locura, porque precisamente era yo la que estaba pendiente de Paco y de Juan, que hacían el burro y se ponían en peligro continuamente con las cabriolas con las que se lanzaban al agua.
Una tarde, la abuela nos pidió que fuéramos a la cocina. Eran cerca de las ocho, y ella ya andaba enfrascada preparando un gazpacho.
—Se me ha hecho muy tarde, y no he
terminado de pasarlo por el pasapurés. Con lo delicado que es el abuelo, que lo
quiere muy fino. Y cuando termine, a la nevera a ponerlo fresquito—comentó la
abuela.
—Jo, yo quiero salchichas,
abu—protestó Juan.
—Y vas a comer salchichas, pero
antes te tomas un vaso de gazpacho—le respondió la yaya.
—Este solo come salchichas y papas
fritas—dijo Paco, alzando después el botijo y dando un largo sorbo. ¡Cómo lo
envidiaba por ello! Yo era incapaz de izar el piporro, a riesgo de
escalabrarme.
—A ver, escuchadme. Mañana llegan
vuestros tíos de Madrid, con Luis y Merceditas—anunció la abuela.
—¡Guay del Paraguay!—gritó Juan,
feliz.
—Alto ahí. No quiero que lieis
nada, que sé cómo se las gasta vuestro primo. Vuestros tíos van a dormir en el
cuarto que hay al lado del baño; Merceditas con Paloma, y Luis dormirá con
vosotros. No quiero oír ná de ná, ni una queja de
las vecinas ni de nadie, porque os volvéis con vuestros padres. Van a estar dos
semanas, y más vale que os portéis bien.
—Que sí, abuela, no te preocupes—le
dijo Paco, dándole un sonoro beso en la cara, siempre tan zalamero.
—¡Quita, niño! Menos besos, y más
obedecer. ¡Venga, Paloma! A poner la mesa—me ordenó la abuela.
Esto era algo que me molestaba. A
mí siempre me tocaba poner y quitar la mesa, y limpiar el polvo. No es que
ayudara mucho, pues las tareas domésticas, incluida la compra, las hacía la
abuela, pero no comprendía por qué el abuelo y mis hermanos no hacían nada. En
casa no era así. Al menos, tiraban la basura, y también les tocaba recoger la
mesa, aunque fuera por turnos, además de ordenar su cuarto.
La llegada de nuestros tíos y
primos supuso un soplo de aire fresco en medio de la rutina en casa de los
abuelos. No llevaban tres horas en Guadafuente, y yo ya hablaba prácticamente
como si llevara toda mi vida viviendo en Madrid, lo que provocaba las risas de
mis hermanos.
Después de comer, Mercedes y yo nos
acercamos sigilosamente a la habitación donde dormían los chicos. Nos habían
prohibido acercarnos a ellos, acusándonos de chivatas. La puerta estaba
abierta. El calor les impedía mantenerla cerrada, y el sonido del ventilador
les dificultaba hacerse oír entre ellos, por lo que alzaban un poco la voz.
—Seguro que hay sangre
todavía—apuntó mi primo Luis, un muchacho rubio, alto y desgarbado de catorce
años.
—Eso dice Manolo. Fue con Carlos, y
estuvieron mirando por el río, donde apareció. Ellos saben dónde es, porque
Carlos lo escuchó de su primo, que es policía municipal. Podemos ir con
ellos—le respondió Paco.
—¿Por qué no vamos a casa de
Manolo? Seguro que está allí todavía. Los mayores están echando la siesta, es
el mejor momento—señaló Juan.
Mercedes y yo nos refugiamos en
nuestro cuarto.
—Vamos a seguirles, prima—me
susurró en el oído.
Asentí, haciéndome la valiente,
aunque algo en mi interior me decía que aquello no era una buena idea.
Seguimos a los chicos hasta la casa
de Manolo. Cuando salió a la calle, este nos descubrió, y se lo dijo a los
demás.
Juan se acercó a nosotras, y nos
dijo que nos volviéramos a casa. Yo no protesté, porque aquello no me
entusiasmaba, pero mi prima se negó en redondo a marcharse, sacudiendo la
cabeza enérgicamente.
Luis la agarró de una de sus rubias
coletas y, tirando de ella le dijo que, si no nos íbamos, le atizaría un sopapo
de campeonato.
Mercedes, en lugar de amilanarse,
hizo frente a su hermano, y con una chulería que yo admiraba por carecer de
ella, sacó su acento madrileño más castizo y, marcando mucho las eses, le dijo:
—Mira, chaval, como no me sueltes y
no nos dejes ir con vosotros, se lo cuento todo a los papás, ¿te enteras,
Contreras?
La amenaza hizo efecto, y
acompañamos a los muchachos hasta el río. Cuando llegamos, Manolo se hizo el
interesante, indicando el lugar exacto donde, según decía, había aparecido el
cuerpo de Mónica. Varios ramos de flores, y algún que otro muñeco de peluche,
parecían darle la razón.
Aquel lugar era precioso. El sonido
del río, el croar de las ranas, el olor del mastranto y la sombra de los
eucaliptos siempre me habían hecho soñar con las pequeñas hadas y duendecillos
de mis libros de cuentos, o los posibles tesoros que pudieran ocultarse en los
troncos de los árboles.
Pensé en Mónica. Aquel paisaje era
lo último que había visto. Habría pasado mucho miedo, cuando se vio allí con su
asesino. Sola, presintiendo un terrible final.
Un escalofrío me recorrió la
espalda. Aquel lugar ya no me parecía tan idílico. Me mantuve cerca de mis
hermanos.
—¿Veis esto? Es sangre—Manolo
señaló una serie de puntos oscuros sobre unas piedras, a un par de metros de la
orilla—Todavía queda, aunque se llevaron muchas muestras y echaron tierra
encima.
Mis hermanos y mi primo escuchaban
atentos las explicaciones de Manolo, mientras que Mercedes y yo recogíamos
vinagretas y otras florecillas para añadirlas a las que señalaban el lugar
donde había aparecido la pobre muchacha.
A Luis le llamó algo la atención, y
se acercó a unos juncos que crecían a un palmo del agua. De allí cogió un reloj
Casio de color negro. Se lo puso en la muñeca, y se dirigió a los demás:
—¡Kitt, te necesito!—gritó,
echándose a reír.
—¡Qué suerte, tío! Esos molan un
huevo. Se pueden mojar, y tienen cronómetro y luz—dijo Manolo.
—A ver si va a ser el reloj del
asesino. Tendrías que llevarlo a la Guardia Civil—señaló Paco, quizás movido
por la envidia de no ser él quien hallara el reloj.
—¿De qué vas, Bitter Kas? Este me
lo quedo yo. Además, tú qué sabes. A lo mejor es de un picoleto—respondió Luis,
aunque ya no tan eufórico como instantes antes. No dio su brazo a torcer, y no
renunció a lucir su descubrimiento en la muñeca.
De vuelta a casa, nos paramos en el
quiosco de Cristóbal, a comprar unas chuches antes de volver a casa.
Yo sólo llevaba cinco duros en el
bolsillo, lo que me quedaba de los veinte de mi paga semanal que me había dado
mi padre cuando vinieron el fin de semana. Compré dos polos de dos duros, uno
para Mercedes y otro para mí, y un chicle de fresa.
—No digáis ni una palabra de dónde
hemos estado—nos dijo Luis a mi prima y a mí.
Mercedes le sacó la lengua a su
hermano, y le dijo que eso le costaría diez duros, cinco para ella, y cinco
para mí. Luis se metió la mano en el bolsillo, y sacó una moneda reluciente de
cincuenta pesetas.
Me fascinaba el morro que le echaba
aquella niña a la vida.

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