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Arrivederci, carcamal

—¡Eres un viejo chocho! No te soporto más.

—Espera, que habló la mocita ¡Eres una cascarrabias! Siempre estás de mal humor.

—Tú me pones así ¡Eres un desastre!
Cada vez eran más frecuentes sus discusiones. Había llegado el momento en el que no les importaba tener testigos de las rencillas que día sí, día también, les envolvían.
Patricia, su única hija, había presenciado más de una riña, cosa que no entendía. No recordaba haber vivido momentos como esos en su niñez y juventud, a pesar de que las habían pasado canutas en más de una ocasión, por problemas económicos sobre todo.
Cuando le anunciaron su divorcio, la mujer no salía de su asombro.
—¿A estas alturas, después de más de sesenta años juntos? No os comprendo—les dijo, nada más recibir la noticia, durante un almuerzo que compartieron los tres en la casa familiar.
—No nos hacemos felices, hija. Es lo mejor. Me iré a vivir con la tía Encarna, y tu padre se quedará aquí, en el piso.
Pedro asintió. Por una vez, desde hacía bastante tiempo, estaban de acuerdo en algo. No podían seguir así. No se soportaban.
Margarita, ya en casa de su hermana, yacía en la cama de la habitación que esta le había preparado con esmero.
La cama, de ciento treinta y cinco centímetros, era más que suficiente para ella sola. Un buen colchón viscoelástico, que se adaptaba a su forma, le permitía moverse a su antojo.
No como aquel colchón que compartió con Pedro durante los primeros años de casados. Era de lana. Se hundía por algunas partes, y tenía que mullirlo muy bien para que quedara más o menos uniforme, cosa que rara vez conseguía.
¡Y aquella vez que se hizo pis Patricia! La chiquilla había tenido una pesadilla, y se fue a la cama con ellos. Amanecieron empapados, y hubo que sacar toda la lana, y reponerla. Menudo trabajo que se dieron Pedro y ella. Él la ayudó sin rechistar, y renunció a los vinillos en el bar con sus amigos, y eso que el domingo era el único día que tenía para descansar del duro trabajo en la mina.
Pedro, por su parte, se había acostado temprano, en un silencio absoluto. Al fin podría descansar de las voces de Margarita, siempre renegando.
Aunque ella todavía conservaba una voz joven, pese a su edad. Una voz clara, con la que cantaba «Y sin embargo, te quiero», casi tan bien como Juanita Reina.
Mientras estuvo convaleciente, tras un accidente en la mina, ella le cuidó con tanto amor.
«Te quiero más que a mis ojos, te quiero más que a mi "vía"...», le cantaba bajito, mientras le ahuecaba la almohada.
Aunque no lo sabían, ninguno podía conciliar el sueño. Ni la primera noche que pasaron separados, ni las siguientes. En esas noches en vela, los recuerdos afloraban a sus mentes. Pero ninguno daba su brazo a torcer.
Hasta que un día se encontraron por la calle. Y sus estómagos se llenaron de burbujitas, como la primera vez que se vieron en el pueblo. Él reconoció la chispa en los ojos castaños de Margarita, pese a que estos se escondían tras los cristales de las lentes progresivas de la anciana. Esos luceros seguían brillando como hacía más de medio siglo. Y ella evocó la sonrisa pícara de Pedro, aunque los dientes fueran de repuesto. Era idéntica a la de antaño.
Se fundieron en un abrazo, y no volvieron a separarse durante el tiempo que les quedaba en este mundo, que ya no era mucho.
Y, seguramente, juntos seguirán donde se tercie.
©Rocío Ramírez Gámez.
Imagen de Pixabay

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