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La carta

 Una temperatura fría, insólita para ser junio, hacía que aún no hubieran podido despedirse de las mangas largas.

Corría el año de mil novecientos noventa y tres, y pronto se celebraría la Feria del Condado de San Diego.
William, a pesar del frescor del clima, sudaba copiosamente. Esperaba con gran temor una misiva que sería decisiva en su vida. No tardaría en llegar, estaba seguro, y aquello le causaba horror.
Un par de horas antes de que el cartero repartiera la correspondencia en su barrio, los temblores comenzaban. Tenía el estómago cerrado. A duras penas se obligaba a comer algo, para evitar desfallecer. En el transcurso de una semana había adelgazado tres kilos.
Soñaba, cuando lograba conciliar el sueño, con el dichoso sobre que no tardaría en asomar en su buzón, y con su contenido espeluznante.
Tambaleante, alcanzaba el compartimiento, situado en la entrada de su casa, los dedos cruzados, la mirada suplicante. Se encomendaba a cualquier dios que quisiera oírle. Abría despacio la puertecilla, temeroso, como si en lugar de una carta pudiera albergar una bomba. Sacaba el correo. Las manos, trémulas, se volvían de gelatina. Revisaba cada sobre y, un día más, respiraba aliviado. El objeto de sus temores no se hallaba entre aquellos papeles. Tenía un día más para respirar aliviado.
A continuación, William se maldecía a sí mismo. ¿No sería más sencillo acabar con todo aquello de una vez? ¿De qué le servía aquella lenta agonía? Apenas ganaría un día más antes de que sucediera lo inevitable, antes de que su vida quedara destrozada.
No podría aguantar mucho tiempo. Sentía que no podía más.
Una mañana abrió los ojos, sobresaltado. Se había quedado dormido, tras haber pasado una terrible noche, cargada de pesadillas y de malos augurios. El cartero ya habría pasado hacía rato. Se sentó en la cama, aún adormilado.
Un espeluznante grito, proveniente de la planta baja, retumbó en sus oídos. Sus temores se habían hecho realidad.
—¡William Joseph Miller! ¡Baja ahora mismo! Acaban de llegar las notas. ¡Menudo verano te espera, jovencito! Has vuelto a suspender. Te quedas sin la Feria del Condado.
©Rocío Ramírez Gámez.

Imagen de Pixabay

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