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Capítulo cuatro

 

Jamás había visto el camposanto tan lleno de gente. Había acompañado a mi abuela en más de una ocasión, cuando llevábamos flores a nuestros familiares el día de Todos los Santos. Me llevaba de la mano, y me iba hablando de todos aquellos parientes y conocidos que habíamos perdido. Me encantaba escucharla, pese a que ya me sabía de memoria todas esas historias. Conocía el lugar donde yacía el primo Santiago, al que unas fiebres se lo habían llevado con catorce años, hacía más de medio siglo. Repetía en mi cabeza, de memoria, y a la par que mi abuela lo contaba, cómo una mula coceó al tío Lorenzo mientras araba.

Pero aquel día, de la mano de Elvira, era totalmente diferente. Los conocidos no se saludaban con la efusividad de siempre, como en el festivo de noviembre. Reinaban la tensión y la tristeza. Pese a la masificación, Elvira había logrado colarse en las primeras filas, aguardando la llegada del féretro con los restos de Mónica, tras la misa de funeral celebrada en la iglesia de San Juan, la más grande de Guadafuente.

La gente susurraba, y logré captar retazos de conversaciones:

—Cuando confirmaron que era Mónica, la madre cayó redonda al suelo. La abuela se quedó quieta, y no dijo ni .

—Los civiles dirán lo que quieran, pero yo te digo a ti que el novio tiene algo que ver. La chiquilla es que se juntaba con una gente…

—¿La han violao?

—Un primo de mi marido, que es mecánico del taller donde llevan los coches los picoletos, nos dijo que le habían dado un golpe en la cabeza, y que eso es lo que la mató.

 Comencé a sentirme mal. Había demasiada gente y, aunque ya eran las siete de la tarde, el calor seguía apretando. El aire comenzaba a faltarme, y así se lo hice saber a Elvira.

—Calla, niña. No tardaremos mucho. Ya deben de estar al llegar la madre y la abuela—me dijo la mujer, sin soltarme la mano.

Estaba ansiosa por regresar a casa. Además de que no quería perderme el capítulo de «Verano azul», serie que veía cada verano, como si de una tradición se tratara, algo me decía que me la iba a cargar cuando llegara a casa.

El hecho de haber ido a un sitio al que se me había prohibido asistir expresamente, aun cuando fuera con un adulto, era una transgresión en toda regla. Tenía el horrible presentimiento de que aquello no iba a traer nada bueno.

Los murmullos cesaron, y Elvira me apretó instintivamente la mano. La madre y la abuela de Mónica acababan de llegar, tras el féretro de la pobre desdichada.

Los operarios alzaron el ataúd, y lo metieron en el nicho. Fue entonces cuando se dejó oír un desgarrador lamento, seguido de un revuelo. La madre de la difunta había perdido el conocimiento.

Todo aquello me impresionó tanto, que tiré de la mano de Elvira. No soportaba más estar allí. Con fastidio, accedió a que nos marcháramos a casa.

Al dar la vuelta a la esquina de la calle de mis abuelos, me paré en seco. La abuela estaba en la puerta, con el rostro desencajado. Cuando me vio, avanzó hacia mí, con gran ligereza pese a los años que cargaba a sus espaldas, como un gran pájaro negro de cabeza plateada.

Casi teníamos la misma altura, pues ella era muy chiquita de cuerpo. Me arreó un guantazo en la cara que, a pesar del tiempo transcurrido, aún recuerdo con dolor.

—¿A usted cómo se le ocurre llevarse a una cría tan pequeña al cementerio? ¡Vaya luces se gasta usted! Desde luego, menos luces que un candil apagao—le espetó mi abuela a Elvira.

—No se ponga usté así, Manuela. Me llevé a la zagala porque una no tiene buena vista, y va mejor agarrada a ella.

—Pues si no tiene buena vista, se pone usté unas gafas, o se lleva una garrota.

Y dicho esto, me cogió de la mano, y me llevó a la casa, mientras yo no paraba de hacer pucheros.

La abuela no me dirigió la palabra, y aquello me dolía todavía más que el tortazo que me había llevado. Mis hermanos se acercaron a mí, dispuestos a preguntarme cómo habían ido las cosas por el cementerio, pero una rápida mirada al rostro furibundo de la abuela les hizo desistir de aquel propósito.

Cenamos en silencio. Los abuelos salieron a tomar el fresco con los vecinos, mientras que mis hermanos y yo nos quedamos en el patio, jugando a las cartas. Aquella noche se quedaron en casa, y yo sabía que su intención no era otra que sonsacarme lo que había visto en el entierro de Mónica.

Supe que la abuela me había perdonado cuando, al rato de estar jugando a la escoba con mis hermanos, entró y me dio un corte de helado de turrón entre dos galletas María, mi favorito.

Sentí un alivio inmediato, y le prometí que nunca más la desobedecería.




 

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