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No es un buen día para morir

 Cuando Teresa se levantó aquella mañana, ni por asomo se imaginó que horas después estaría muerta.

Se despertó con un fuerte dolor de cabeza. La noche anterior se había fumado un cigarro poco antes de ir a la cama, a sabiendas de que le sentaría mal, pero pudo más el ansia y la creencia de que aquello le relajaría. Se había equivocado por completo. Sentía la boca pastosa y reseca.
Resistió la tentación de quedarse un rato más en la cama e hizo un esfuerzo inmenso por levantarse. Tenía que preparar a los niños, darles el desayuno, y procurar que se vistieran y lavaran la cara y los dientes. Parecía una tarea fácil, pero aquellos dos monstruitos la complicaban.
Entró en el baño y miró cansada la enorme pila de ropa que se acumulaba en la cesta. No había parado de llover en días, y la secadora no funcionaba.
Se metió en la bañera. Necesitaba una ducha rápida y ¡vaya si lo fue! El agua salía helada. Había olvidado que la bombona se había agotado, y claro, Carlos estaba demasiado fatigado cuando llegaba de trabajar como para cambiarla por una nueva.
Salió de la ducha y fue a su cuarto muerta de frío, envuelta en su viejo albornoz, deteniéndose en la habitación de los niños para comprobar que se estaban vistiendo a pesar del alboroto que formaban.
Abrió el cajón y contempló consternada su ropa interior. No le quedaban más que bragas viejas, y en vista de que no había otra cosa, tuvo que conformarse con las ridículas bragas con el dibujo de una vaca que en su trasero adquiría enormes proporciones.
Se vistió y se calzó con unos zapatos algo pasados de moda. Eran los más decentes que tenía, y le servirían para su propósito: acudir a una entrevista de trabajo en una oficina del centro.
El tacón derecho bailaba un poco, pero total, si la seleccionaban para el puesto ya se haría con unos nuevos.
Les sirvió el desayuno a los niños, sin querer detener su mirada en la montaña de platos que la miraban desde el fregadero. Eran de la cena de la noche anterior. No había tenido ganas de fregarlos, y, en esos momentos, vistos a la luz del día, le causaban gran culpabilidad.
Carlos se la había formado la noche anterior.
— De verdad que no sé lo que haces durante todo el día. La casa está hecha una mierda. ¡Y ya podrías fregar! Me quedo pegado en el suelo.
¡Como si no se moviera en todo el día! A ver qué quería que hiciera si cuando llegaban aquellos diablillos que tenían por hijos lo revolvían y ensuciaban todo en cuestión de minutos, echando a perder todo lo que había hecho durante la mañana.
Salieron los niños y ella con prisas, como siempre, como cada mañana, como era su costumbre, dejando atrás suelos pegajosos, ropa sucia amontonada y platos sin fregar.
¡Para que vengan de visita está la casa!
Cuando los hubo dejado en el colegio, tras besos apresurados y manotazos de los chiquillos para impedirlos, se dirigió al centro.
Iba caminando a paso rápido, pensando en sus cosas y no vio el pequeño bache de la carretera al ir a cruzar.
El tacón se terminó de romper, y sin poder mantener el equilibrio, cayó hacia atrás.
Quienes la vieron caer, relataron, al ser preguntados, que fue un visto y no visto. Cuando vinieron a darse cuenta, yacía de espaldas, desnucada contra el bordillo de la acera. Muerta al instante, con los ojos muy abiertos.
Para Teresa todo transcurrió de manera lenta, muy lenta. Sus últimos pensamientos no iban dirigidos a sus queridos hijos, ni a su esposo, ni siquiera a su madre. Teresa no se preguntó en esos momentos si había un Dios que le esperaba Allá arriba, si vería allí a su añorada abuela.
No. Los últimos pensamientos de Teresa fueron para la pila de platos sucios que le esperaban en el fregadero, para la montaña de ropa acumulada sin lavar, para el puñetero suelo lleno de manchas.
«¡No me puedo morir hoy! La casa no está para recibir visitas.»

©Rocío Ramírez Gámez
Imagen de Pixabay

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