Muchas tardes del verano las pasábamos en los recreativos de la calle de la Feria, cercana a la Alameda. A la abuela no le hacía mucha gracia, porque consideraba aquello una pérdida de tiempo y de dinero.
El abuelo nos daba veinte duros a cada uno cada tres o cuatro días, cuando le parecía, y siempre a escondidas de la abuela.Mis hermanos prácticamente los gastaban esa misma tarde, si quedaban con sus amigos en los recre. Con dos partidas que jugaran al Donkey Kong, ya se les iba la mitad, aparte de las chuches que se compraban, por lo que tenían que esperar a que llegaran mis padres el fin de semana, o echar mano de mi caridad.
A mí no me llamaban la atención las maquinitas aquellas, y era pésima jugando. Me daba una rabia tremenda perder cinco duros en menos de un minuto, que es lo que tardaba en aparecer el game over en la pantalla.
Sin embargo, disfrutaba de aquel ambiente que me hacía creer que era una más entre los mayores. Mi presencia allí se debía a que a mis hermanos no les quedaba más remedio que llevarme con ellos.
Durante un par de semanas, estaría acompañada de Mercedes, así que la diversión se multiplicaría.
Nos solíamos comprar un polo flash en el quiosco, y nos sentábamos en el poyete del escaparate, a observar las idas y venidas de los chicos.
Una de aquellas tardes, Mercedes lucía orgullosa el reloj que su hermano había encontrado en el lugar donde había aparecido el cuerpo de Mónica. Luis se lo había prestado, previa amenaza de muerte si lo perdía o lo rompía.
Le quedaba un poco grande, pero lucía muy bien en su piel morena. Era un modelo nuevo, con dos gráficas, y muchas más funciones que los que solíamos ver rodeando las muñecas de los chicos, bastante difícil de conseguir, pues prácticamente acababa de salir a la venta.
Recuerdo cómo yo había dejado derretir un poco mi polo de dos sabores, fresa y limón, porque me encantaba sorber el líquido fresquito al final, al contrario que mi prima, que sorbía el líquido primero y dejaba el hielo sin color ni sabor.
Se nos acercó un chico, al que creí reconocer de alguna parte, pero no supe ubicarlo en mi memoria en aquellos instantes.
—¿De dónde has sacado ese reloj?—le preguntó a Mercedes, agarrándole bruscamente de la muñeca.
—¡Suéltame! —gritó mi prima, echándose a llorar.
Mis hermanos y mi primo salieron del local al oír aquel barullo.
—¡Deja a mi hermana! ¿Qué pasa contigo, tío?—le espetó Luis.
El chico soltó a mi prima y, sin dar explicaciones, se alejó de allí.
Manolo, el amigo de mis hermanos, venía desde la Alameda, y se cruzó con él. Al llegar donde nos encontrábamos, le preguntó a mi hermano Paco de qué habíamos estado hablando con Pepe, el del videoclub.
Fue entonces cuando reconocí al chico. Era el novio de Mónica.

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