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Al rincón de pensar

 La maestra lo había enviado al rincón de pensar. Y todo porque Marta le había llamado «Ramón orejón», y claro, no le quedó más remedio que tirarle del pelo.

Ya sabía él que tenía las orejas grandes. Su madre no cesaba de recordárselo a la mínima ocasión:
— Tienes las mismas orejas que tu padre. Enormes como alas de avión.
Ramón no sabía si esto era cierto No conoció a su padre, que se había marchado cuando él apenas tenía un mes de vida.
¿En qué quería la seño que pensara?
Podía pensar en lo agradable que era su mamá con otros niños, y las carantoñas que les hacía, mientras que lo único que recibía de su parte eran malos modos y pescozones.
O podía pensar en la señora de la frutería, que siempre le sonreía y le regalaba una manzana. Para ella, Ramón no era tonto, ni feo, como lo era para los demás.
Pero le vino un pensamiento que no le gustó. Y apareció de golpe, sin avisar. Pensó en aquella vez que se cayó en el parque y se le rasparon las rodillas. Llorando, acudió a su madre en busca de consuelo.
— Inútil, más que inútil. Rompiste los pantalones.
No, ya no quería pensar más, porque la mayoría de las cosas que se le venían a la cabeza eran feas y malas.
— Seño, que ya he terminado de pensar.

©Rocío Ramírez Gámez

Imagen de Pixabay

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