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Miau, miau

 La encontré una noche, cuando regresaba a casa del hipermercado donde trabajaba. Antes de verla, la intuí. Noté cómo me miraba, después la oí maullar, con un quejido lastimero y, por último, asomó una cabecita oscura de enormes ojos verdes.

Quise seguir mi camino, e ignorarla, pero me siguió, vacilante al principio, resuelta después.
Me paré. Se acercó, valiente, y se restregó contra mis piernas.
La cogí en brazos, y la llevé a casa.
— Rosa, sabes que no me gustan los gatos —me dijo Álvaro, molesto.
— Sólo será esta noche. Le daremos de comer, y mañana la dejo donde la encontré —prometí.
A la semana, la gata, a la que no quise poner nombre, dormía a nuestros pies, en la cama.
Había llegado el calor, casi sin avisar, y, tumbada entre nosotros dos, su pelaje actuaba como una estufa.
Yo trataba de echarla de allí, pero Álvaro, cediendo a los maullidos lastimeros, la dejaba estar, como el niño pequeño que, tras una pesadilla, se acuesta entre sus padres.
Solo que era una gata. La gata.
Y yo acababa durmiendo en el dormitorio del bebé que no acababa de llegar.
Pasaba el tiempo, y allí seguía la minina.
Álvaro la mimaba, le compraba boquerones, la dejaba echar sus miles de siestas diarias en el sofá, llenándolo de pelos que luego yo quitaba.
Pese a haber sido yo su rescatadora, era la única a la que arañaba, y comencé a tomarle antipatía.
La situación se volvió insostenible. Yo no estaba preparada para compartir marido con una gata callejera, así que acabé por pedir el divorcio a Álvaro, que, sin preguntas, me lo concedió.
La tarde que abandonaba el que había sido mi hogar marital, recogí mis últimas prendas, en tanto la gata se aseaba, mirándome desafiante, con desprecio.
Aquellos ojos verdes, insolentes, me sacaban de quicio.
Mi vista se desvió por unos instantes a la mesilla de noche de Álvaro, donde reposaba la foto de su difunta mujer.
¡Desde allí me miraban unos ojos verdes, que instantes antes, me habían lanzado una de sus arrogantes miradas!
©Rocío Ramírez Gámez



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