Martín yacía en el suelo del bar, muerto. Luis lo supo en cuanto lo vio boca arriba, con los ojos abiertos, sin pestañear, con un halo rojo que se extendía lentamente a su alrededor.
Se arrodilló a su lado, y llorando, pidió perdón al cuerpo sin vida de su mejor amigo.¿Cómo pudo pasar aquello? ¿Cómo no se controló a tiempo para evitar aquella tragedia? Aquel terrible golpe acabó con Martín, como el zapatazo de un viandante que acaba con una cucaracha solitaria que se pasea por las aceras.
Solo que Martín no era un bicho, joder, que era su mejor amigo, como su hermano.
Habían crecido juntos, uno hincha del Madrid, y el otro del Barcelona, y jamás tuvieron disputa alguna por ello.
Uno votaba al partido de color rojo, mientras que el otro lo hacía al azul, sin mediar discusión acerca de esos temas.
Uno era religioso, en tanto el otro era ateo. Tampoco la religión logró separarles.
Pero cuando Frasco, el dueño del bar, lanzó aquella fatídica cuestión...¿La tortilla con cebolla o sin cebolla?
Por ahí Luis no pudo pasar.
©Rocío Ramírez Gámez

Comentarios
Publicar un comentario