Ir al contenido principal

Tonta, fea, gorda

 

El acoso escolar y sus consecuencias

Siempre ha existido. Afortunadamente, hoy en día se cuenta con protocolos de actuación ante un caso de acoso en un centro de educativo. Por desgracia, a veces no se aplican a tiempo, o no se toman en serio hasta que es demasiado tarde. 

Yo misma lo sufrí de pequeña, aunque antes esas bromas crueles, el rechazo e incluso la agresión física y verbal no se tenían muy en cuenta por los mayores, que las tildaban de «cosas de críos».

 El daño que causa el verse involucrado como víctima del acoso es bestial. Te acompaña siempre, aun cuando ya eres adulto. Te crea miedos e inseguridades, ataca a tu estima. Y, erróneamente, crees que eres el único culpable, por ser como eres. 

 Con Tonta, fea, gorda quise exponer esta situación, contarla desde el punto de vista de tres niñas, donde una es acosadora, otra víctima, y una tercera niña permanece ajena al dolor de esta última, prefiriendo sacrificar su amistad para ser tenida en cuenta en el grupo que considera fuerte y poderoso.

 Me costó bastante meterme en el papel de la acosadora para escribir este libro, pues me resultó muy complicado empatizar con ella. No lo conseguí, pero pude hacerme una idea de cómo funciona ese tipo de personalidad.

 Escribir Tonta, fea, gorda removió viejas heridas que ya creía indoloras y cicatrizadas. 

Y, sin embargo, me trajo una alegría al ser premiada en el I Certamen Literario del Bajo Andarax, en la modalidad comarcal. 

 Es un tema muy complicado, y resulta de vital importancia tratar el tema tanto en casa como en el colegio, para prevenir casos así.

 Os animo a leer esta historia en la que hay un poquito de mí misma en uno de los personajes.

Consigue tu ejemplar en formato electrónico aquí:

     👉👉👉 E-book Tonta, fea, gorda



 

Comentarios

Entradas populares de este blog

La carta

  Una temperatura fría, insólita para ser junio, hacía que aún no hubieran podido despedirse de las mangas largas. Corría el año de mil novecientos noventa y tres, y pronto se celebraría la Feria del Condado de San Diego. William, a pesar del frescor del clima, sudaba copiosamente. Esperaba con gran temor una misiva que sería decisiva en su vida. No tardaría en llegar, estaba seguro, y aquello le causaba horror. Un par de horas antes de que el cartero repartiera la correspondencia en su barrio, los temblores comenzaban. Tenía el estómago cerrado. A duras penas se obligaba a comer algo, para evitar desfallecer. En el transcurso de una semana había adelgazado tres kilos. Soñaba, cuando lograba conciliar el sueño, con el dichoso sobre que no tardaría en asomar en su buzón, y con su contenido espeluznante. Tambaleante, alcanzaba el compartimiento, situado en la entrada de su casa, los dedos cruzados, la mirada suplicante. Se encomendaba a cualquier dios que quisiera oírle. Abría despac...

Al rincón de pensar

  La maestra lo había enviado al rincón de pensar. Y todo porque Marta le había llamado «Ramón orejón», y claro, no le quedó más remedio que tirarle del pelo. Ya sabía él que tenía las orejas grandes. Su madre no cesaba de recordárselo a la mínima ocasión: — Tienes las mismas orejas que tu padre. Enormes como alas de avión. Ramón no sabía si esto era cierto No conoció a su padre, que se había marchado cuando él apenas tenía un mes de vida. ¿En qué quería la seño que pensara? Podía pensar en lo agradable que era su mamá con otros niños, y las carantoñas que les hacía, mientras que lo único que recibía de su parte eran malos modos y pescozones. O podía pensar en la señora de la frutería, que siempre le sonreía y le regalaba una manzana. Para ella, Ramón no era tonto, ni feo, como lo era para los demás. Pero le vino un pensamiento que no le gustó. Y apareció de golpe, sin avisar. Pensó en aquella vez que se cayó en el parque y se le rasparon las rodillas. Llorando, acudió a su madre e...

Se acabó

  Recuerdo claramente cómo tus ojos se empaparon, cuando te lo solté todo.  Temías que llegara ese momento desde hacía tiempo, pero no quisiste hacer caso de las señales. Hasta que fue demasiado tarde.  Por tu cabeza pasaron los momentos más dulces, como aquellas tardes de invierno, cuando compartíamos una humeante taza de chocolate con churros.  Sentí tu pesar, pero no había marcha atrás. Se acabaron las sesiones de cine, seguidas de una deliciosa cena en nuestro restaurante favorito. No. No había vuelta atrás. La decisión estaba tomada, a pesar de tus súplicas. Miré toda mi ropa, esparcida sobre la cama de nuestro dormitorio. Y lloré. Lloré con amargura. Te acercaste, y me abrazaste por detrás, depositando un dulce beso en mi cuello. Me estremecí, y me di la vuelta. Te miré a los ojos, y traté de que mi voz sonara lo más convincente posible: — No hay vuelta atrás. Mañana empezamos la dieta. ©Rocío Ramírez Gámez Imagen de Pixabay