Hubo un tiempo, cuando no era más
que una cría con la vista puesta en los juegos y en la diversión, en el que
todos los veranos transcurrían con la misma cadencia año tras año.
Mis padres nos llevaban a mis
hermanos y a mí a Guadafuente, el pueblo de nuestros abuelos, a tan solo media
hora de la ciudad andaluza donde residíamos, pero lo suficientemente lejos como
para que pareciera que entrábamos en un mundo totalmente distinto.
Los últimos días de colegio eran
totalmente diferentes al resto del año. Se respiraba en el ambiente el anticipo
de las vacaciones. El último día culminaba con una actuación de las diferentes
clases. Recuerdo perfectamente la de aquel verano que cambió para siempre
nuestras vidas, cuando hicimos un baile (cuando aún se le llamaba así, y no
coreografía) con una canción de Mecano, «No es serio este cementerio». Por
desgracia, no tardaría mucho en comprobar que aquella canción erraba por
completo, cuando me tocó asistir a un entierro en el pueblo, tras el terrible
asesinato que conmocionó a sus habitantes.
Pero no adelantemos
acontecimientos.
¿Qué les estaba contando? Ah, sí.
Permanecíamos en el pueblo desde el inicio de las vacaciones hasta primeros de
septiembre. Nuestros padres venían los fines de semana, y se quedaban el mes de
agosto, cuando mi padre cerraba el taller mecánico, donde mi madre llevaba la
contabilidad.
Hoy en día, puedo asegurar sin
ninguna duda que, a pesar del corto trayecto hasta la casa de los abuelos, a
nuestros progenitores se les debía de hacer eterno. Mis dos hermanos mayores,
Paco y Juan, no cesaban en el empeño de atormentarme con mil y una diabluras.
Libre de la atadura del cinturón de seguridad, que por aquel entonces no
llevaban los coches, Juan lograba agarrarme del pelo, aunque estuviera sentado
en el otro extremo del coche.
Los nervios por tantos días libres
de madrugones, y la energía propia de la edad, convertían aquel espacio en una
locura que era aplacada con un grito de mi padre, y un tortazo de mi madre que,
convertida en jueza y verdugo, aplicaba la sentencia y nos daba un tortazo a
cada uno, curándose en salud, y sin escuchar las protestas de «yo no he sido».
Me encantaba la casa de los
abuelos. Era una vivienda unifamiliar de tres plantas, con dos balcones, cuatro
habitaciones y un baño completo en la parte alta, un patio interior lleno de
macetas, con una habitación al fondo que hacía las veces de despensa y su
correspondiente alacena verde de seis puertas (tres en la parte superior y tres
en la inferior), y un pequeño aseo. La cocina era inmensa, con fogones de gas,
y la salita era muy coqueta, llena de pañitos de crochet sobre los sillones y
la mesa de centro. El salón, por el contrario, no era muy grande. Coronaba la
casa una azotea enorme, con una pequeña habitación donde la lavadora, una
antigua pila de lavar y la tabla de la plancha ocupaban todo el espacio. Los
suelos, de lozas de barro, tenían un encanto especial. Me hacían sumergirme en
otra época, y pensaba en cómo habría sido la infancia de mi madre cuando jugaba
por allí.
Ayudábamos a descargar todo el
equipaje, que incluía juguetes y los obligados libros de repaso de «Vacaciones
Santillana», que nuestro padre nos obligaba a hacer cada verano.
—Cuando vengamos el viernes, quiero
hechas las cinco primeras páginas. ¡Pobre del que no haya hecho nada! Y ojito
con dar la tabarra a los abuelos, que como me entere yo de algo, me quito el
cinturón y...—era su manera de despedirse.
—Anda, Manuel, si son unos
angelitos—le interrumpía la abuela.
Y los tres angelitos entrábamos
como locos a comernos los bocadillos con chocolate y el vaso de leche que nos
aguardaba en la cocina.
Hasta principios de julio no
llegaban los «de fuera», los que no vivían todo el año en Guadafuente. Eran
familias que habían emigrado a Barcelona, Madrid o el País Vasco, en busca de
oportunidades laborales. Para mis hermanos y para mí, los niños que venían de
aquellos lugares nos parecían más interesantes que aquellos que veíamos tan a
menudo por el pueblo.
Nos encandilaban con su forma de
hablar, con las anécdotas que nos contaban, e incluso las canciones que
cantaban cuando saltábamos a la comba o jugábamos a la goma elástica.
Pero si hablamos de exotismo, este
lo aportaban los chiquillos cuyas familias habían emigrado aún más lejos.
Mantengo fresco en mi recuerdo a los hijos de Andrés «el francés», y su mujer
Paca, que cada verano aparecían con su omisión de erres, y sus cutis pálidos,
enrojecidos por el sol, como si corriera sangre gala por sus venas.
Cada verano comenzaba con la
euforia del mes de julio, para ir calmándose cuando el calor apretaba, hasta
llegar a mediados de agosto, cuando cansados ya de verano, y ante la inminente
partida de la mayoría de nuestros compañeros de juegos, llegaba un momento en
el que deseábamos que comenzara el colegio. Ah, pero eso era algo que pocos
reconocían. La añoranza por los amigos de la escuela, el deseo de oler los
nuevos libros de texto y el material escolar, y decir adiós al sofocante calor
y a los mosquitos.
Aquel año de 1988, la vuelta a la
rutina iría marcada por un hecho trágico. Nada hacía presagiar que sería el
último verano de Mónica...

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