Llegamos a la casa de los abuelos
con el corazón a punto de salírsenos por la boca. Para cuando traspasamos el
umbral de la puerta, la noticia ya había llegado a los oídos de los vecinos.
Unos chiquillos, que habían ido al río a pescar, encontraron el cuerpo de una
muchacha. Llegaron a sus casas asustados, y sus padres llamaron a la Guardia
Civil. La desaparición de Mónica días atrás hacia presagiar un desenlace fatal.
La abuela nos llevó a la cocina, y
comenzó a preparar la merienda. Comenzamos a hablarle los tres a la vez,
intentando saciar nuestra curiosidad a base de preguntas, pero ella no nos dejó
continuar:
—A merendar y a callar. Los niños
no tienen que saber tanto ni hacer tantas preguntas.
Guardamos silencio durante unos
minutos, mientras dábamos buena cuenta de los bollicaos que habíamos comprado
por la mañana con el abuelo, y un buen vaso de leche de la vaquería de Juan,
previamente hervida.
La puerta de la calle se abrió.
Francisca, una de las vecinas de la calle, llamó:
—Manuela, ¿está usted ahí?
—¡Voy, Francisca! Estoy con los
chiquillos en la cocina. Ya salgo.
Como si ese hubiera sido el
detonante, una tormenta de verano arreció en la cocina de los abuelos cuando
ella salió.
—¡Seguro que es Mónica! ¿Quién la
habrá matado? —Paco tenía los dientes llenos de chocolate.
—¿Crees que le habrán disparado?
—se preguntaba Juan, después de soltar un sonoro eructo.
—¡Juan, no seas borrico! —protesté,
indignada.
—Lo más seguro es que la hayan
acuchillado. En «El Caso» salen muchos asesinatos, y en la mayoría se usan
navajas y cuchillos —Paco se las daba de entendido por ser el mayor—Y casi
todas las víctimas son mujeres y niñas. Así que, Palomita, yo de ti iría siempre
pendiente…
—¡Calla, Paco! ¡Eres un
chirimoyas!—grité, asustada.
Mis dos hermanos empezaron a reírse
de mí, además de por el hecho de confundir un insulto con una fruta, porque les
gustaba asustarme y atormentarme.
Corrí a la puerta de la calle, dispuesta a chivarme a la abuela. Esta se hallaba hablando con Francisca que, en voz baja, con una mano en la cintura y otra bajo la barbilla, le decía:
—Mire usté, Manuela, eso se venía
venir. Esa zagala andaba muy suelta, porque la madre estaba trabajando todo el
día en el taller de costura, y la niña era muy larga, y toreaba a la abuela. Y
ya está. No hay más.
—A mí me da mucha lástima esa
chiquilla. Me daba, y ahora me da pena de su familia. Esa madre y esa abuela,
¡cómo tienen que estar las pobres! El angelito no tenía culpa de ná. A ver si
pillan pronto al malnacío que ha hecho esto—mi abuela estaba realmente apenada.
—A mí no me gusta el chisme,
Manuela, pero mi Sonso vive al lado, y los gritos que le daba la niña a la
abuela se escuchaban día y noche. Claro que, de tal palo, tal astilla. La madre
mire usté cómo acabó. Preñá, y sin un hombre al lado. Pues así ha salido la
criatura.
—Tampoco tenía la chiquilla culpa
de no haberse criado con un padre. A la madre es que la engañó un canalla. Fue
una inocentona.
No entendía mucho de lo que estaban
hablando. Se me escaparon varias palabras que apunté en mi memoria. Ya les
preguntaría a mis hermanos qué querían decir.
Una manaza se posó en mi hombro y
solté un grito de puro pánico.
—¡Demonio de niña! ¿Qué haces aquí
escondida, criatura? —el abuelo me miró, sacudiendo levemente la cabeza. Nunca
alzaba la voz, ni nos regañaba fuerte. Se limitaba a examinarnos de arriba
abajo, con tristeza y decepción. Y eso sí que dolía. Más que una azotaina de mi
madre, o un trallazo del cinturón de mi padre.
—¿Qué pasa?— la abuela entró
corriendo, asustada.
—Aquí tienes a tu nieta, escuchando
tras las puertas—respondió el abuelo, mientras seguía sacudiendo la cabeza,
apenado.
—No, abuelo, de verdad. Venía a
llamar a la abuela porque mis hermanos no me dejan en paz. Dicen que me puede
matar el asesino de Mónica, con un cuchillo así de grande—exageré y mentí un
poco, con tal de congraciarme con el abuelo.
—Ahora iré a hablar con esos
chaveas. Anda, quédate en la salita, y termina de rellenar el álbum de cromos
de Danone, el del nomo ese, que lleva ahí desde hace dos años y nunca lo
acabas. Manuela, dentro de un rato voy a salir a echar una partida de dominó en
el hogar. No me esperéis para cenar.
—A ver a qué hora venimos, Antonio,
que te conozco—rezongó la abuela.
Durante unos días, Guadafuente se llenó de periodistas. Todos querían tomar fotos, y conocer todo lo que rodeaba a la víctima y a su familia, para los diferentes periódicos del país. Las cámaras de televisión española, el único canal que emitía en aquella época, se afanaban por lograr testimonios de conocidos y amigos de Mónica.
Los niños no paraban de hacer el
payaso, con la consiguiente regañina de los operadores de cámara, hartos de
aguantar tantas horas al sol, y con la paciencia resbalándose como el sudor que
no paraban de secar.
—¡Niño, quita de ahí, que te doy un
collejazo!
—¡Oye, deja el micrófono ya,
hombre, que te lo vas a cargar!
—No sé vosotros, pero yo me voy a
buscar un bar para tomarme una clarita.
Y, por supuesto, no faltaban todos aquellos que querían su minuto de gloria, jactándose de conocer a Mónica, a la madre, o a la abuela.
Muchas muchachas lloraban
compungidas, alabando las maravillosas cualidades de la víctima, pese a no
haber hablado con ella en vida más de dos palabras seguidas.
Al paso de la Guardia Civil, algunos vecinos los increparon, exigiéndoles una rápida solución del caso. El día del entierro, en el pueblo no cabía ni un alma. Llegó gente procedente de localidades cercanas, atraídas por el morbo y el bullicio que un hecho tan trágico había provocado en un lugar tan tranquilo. Todo tipo de conjeturas se esgrimían en los corrillos. Algunos pretendían culpar al último chico con el que se la había visto salir a la pobre víctima, un tal José Manuel. Los agentes de la Benemérita ya lo habían interrogado, dejándolo acto seguido en libertad. Aunque las sospechas, y los dimes y diretes, continuaban señalándole por los vecinos, convertidos de la noche a la mañana en detectives.
La abuela nos había prohibido
terminantemente acudir a aquel espectáculo. Nos lo advirtió, bajo pena de
quedarnos sin merienda ni cena.
Mis hermanos optaron por quedarse dentro de la casa, y subieron a la azotea, para tratar de echar abajo varios nidos de avispas que moraban bajo el alero del tejadillo. Yo me salí a la calle a jugar con la nieta de la vecina, una chica dos años mayor que yo, que vivía con sus padres en Rubí, y pasaba parte del verano en Guadafuente.
Al poco, salió de su casa Elvira,
la vecina que vivía dos casas a la izquierda de mis abuelos.
—Niña, acompáñame a un mandado—me
dijo, tendiéndome la mano.
—¿A dónde? —le pregunté.
—A ver si pillamos sitio en el
cementerio, para ver el entierro de la muchacha que han matado.
—Yo no puedo, Elvira. No puedo ir
con usted. Mi abuela nos ha dicho a mis hermanos y a mí que no podemos ir.
—¡Toma, la niña esta! Claro que no
podéis ir los tres solos. No sois más que unos críos. Conmigo sí puedes ir, que
soy mayor. Ven, porque no veo muy bien y me tengo que agarrar a ti.
Aquello tenía lógica. La abuela no
quería que los tres nos metiéramos solos en aquel berenjenal, pero yendo con un
adulto, la cosa cambiaba, Además, no era como irse con un extraño, lo cual
tenía terminantemente prohibido.
Así pues, le di la mano y partimos
hacia el cementerio.

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