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Capítulo tres

 

Llegamos a la casa de los abuelos con el corazón a punto de salírsenos por la boca. Para cuando traspasamos el umbral de la puerta, la noticia ya había llegado a los oídos de los vecinos. Unos chiquillos, que habían ido al río a pescar, encontraron el cuerpo de una muchacha. Llegaron a sus casas asustados, y sus padres llamaron a la Guardia Civil. La desaparición de Mónica días atrás hacia presagiar un desenlace fatal.

La abuela nos llevó a la cocina, y comenzó a preparar la merienda. Comenzamos a hablarle los tres a la vez, intentando saciar nuestra curiosidad a base de preguntas, pero ella no nos dejó continuar:

—A merendar y a callar. Los niños no tienen que saber tanto ni hacer tantas preguntas.

Guardamos silencio durante unos minutos, mientras dábamos buena cuenta de los bollicaos que habíamos comprado por la mañana con el abuelo, y un buen vaso de leche de la vaquería de Juan, previamente hervida.

La puerta de la calle se abrió. Francisca, una de las vecinas de la calle, llamó:

—Manuela, ¿está usted ahí?

—¡Voy, Francisca! Estoy con los chiquillos en la cocina. Ya salgo.

Como si ese hubiera sido el detonante, una tormenta de verano arreció en la cocina de los abuelos cuando ella salió.

—¡Seguro que es Mónica! ¿Quién la habrá matado? —Paco tenía los dientes llenos de chocolate.

—¿Crees que le habrán disparado? —se preguntaba Juan, después de soltar un sonoro eructo.

—¡Juan, no seas borrico! —protesté, indignada.

—Lo más seguro es que la hayan acuchillado. En «El Caso» salen muchos asesinatos, y en la mayoría se usan navajas y cuchillos —Paco se las daba de entendido por ser el mayor—Y casi todas las víctimas son mujeres y niñas. Así que, Palomita, yo de ti iría siempre pendiente…

—¡Calla, Paco! ¡Eres un chirimoyas!—grité, asustada.

Mis dos hermanos empezaron a reírse de mí, además de por el hecho de confundir un insulto con una fruta, porque les gustaba asustarme y atormentarme.

 Corrí a la puerta de la calle, dispuesta a chivarme a la abuela. Esta se hallaba hablando con Francisca que, en voz baja, con una mano en la cintura y otra bajo la barbilla, le decía:

—Mire usté, Manuela, eso se venía venir. Esa zagala andaba muy suelta, porque la madre estaba trabajando todo el día en el taller de costura, y la niña era muy larga, y toreaba a la abuela. Y ya está. No hay más.

—A mí me da mucha lástima esa chiquilla. Me daba, y ahora me da pena de su familia. Esa madre y esa abuela, ¡cómo tienen que estar las pobres! El angelito no tenía culpa de . A ver si pillan pronto al malnacío que ha hecho esto—mi abuela estaba realmente apenada.

—A mí no me gusta el chisme, Manuela, pero mi Sonso vive al lado, y los gritos que le daba la niña a la abuela se escuchaban día y noche. Claro que, de tal palo, tal astilla. La madre mire usté cómo acabó. Preñá, y sin un hombre al lado. Pues así ha salido la criatura.

—Tampoco tenía la chiquilla culpa de no haberse criado con un padre. A la madre es que la engañó un canalla. Fue una inocentona.

 

No entendía mucho de lo que estaban hablando. Se me escaparon varias palabras que apunté en mi memoria. Ya les preguntaría a mis hermanos qué querían decir.

Una manaza se posó en mi hombro y solté un grito de puro pánico.

—¡Demonio de niña! ¿Qué haces aquí escondida, criatura? —el abuelo me miró, sacudiendo levemente la cabeza. Nunca alzaba la voz, ni nos regañaba fuerte. Se limitaba a examinarnos de arriba abajo, con tristeza y decepción. Y eso sí que dolía. Más que una azotaina de mi madre, o un trallazo del cinturón de mi padre.

—¿Qué pasa?— la abuela entró corriendo, asustada.

—Aquí tienes a tu nieta, escuchando tras las puertas—respondió el abuelo, mientras seguía sacudiendo la cabeza, apenado.

—No, abuelo, de verdad. Venía a llamar a la abuela porque mis hermanos no me dejan en paz. Dicen que me puede matar el asesino de Mónica, con un cuchillo así de grande—exageré y mentí un poco, con tal de congraciarme con el abuelo.

—Ahora iré a hablar con esos chaveas. Anda, quédate en la salita, y termina de rellenar el álbum de cromos de Danone, el del nomo ese, que lleva ahí desde hace dos años y nunca lo acabas. Manuela, dentro de un rato voy a salir a echar una partida de dominó en el hogar. No me esperéis para cenar.

—A ver a qué hora venimos, Antonio, que te conozco—rezongó la abuela.

 Durante unos días, Guadafuente se llenó de periodistas. Todos querían tomar fotos, y conocer todo lo que rodeaba a la víctima y a su familia, para los diferentes periódicos del país. Las cámaras de televisión española, el único canal que emitía en aquella época, se afanaban por lograr testimonios de conocidos y amigos de Mónica.

Los niños no paraban de hacer el payaso, con la consiguiente regañina de los operadores de cámara, hartos de aguantar tantas horas al sol, y con la paciencia resbalándose como el sudor que no paraban de secar.

—¡Niño, quita de ahí, que te doy un collejazo!

—¡Oye, deja el micrófono ya, hombre, que te lo vas a cargar!

—No sé vosotros, pero yo me voy a buscar un bar para tomarme una clarita.

 Y, por supuesto, no faltaban todos aquellos que querían su minuto de gloria, jactándose de conocer a Mónica, a la madre, o a la abuela.

Muchas muchachas lloraban compungidas, alabando las maravillosas cualidades de la víctima, pese a no haber hablado con ella en vida más de dos palabras seguidas.

Al paso de la Guardia Civil, algunos vecinos los increparon, exigiéndoles una rápida solución del caso. El día del entierro, en el pueblo no cabía ni un alma. Llegó gente procedente de localidades cercanas, atraídas por el morbo y el bullicio que un hecho tan trágico había provocado en un lugar tan tranquilo. Todo tipo de conjeturas se esgrimían en los corrillos. Algunos pretendían culpar al último chico con el que se la había visto salir a la pobre víctima, un tal José Manuel. Los agentes de la Benemérita ya lo habían interrogado, dejándolo acto seguido en libertad. Aunque las sospechas, y los dimes y diretes, continuaban señalándole por los vecinos, convertidos de la noche a la mañana en detectives.

La abuela nos había prohibido terminantemente acudir a aquel espectáculo. Nos lo advirtió, bajo pena de quedarnos sin merienda ni cena.

Mis hermanos optaron por quedarse dentro de la casa, y subieron a la azotea, para tratar de echar abajo varios nidos de avispas que moraban bajo el alero del tejadillo. Yo me salí a la calle a jugar con la nieta de la vecina, una chica dos años mayor que yo, que vivía con sus padres en Rubí, y pasaba parte del verano en Guadafuente.

Al poco, salió de su casa Elvira, la vecina que vivía dos casas a la izquierda de mis abuelos.

—Niña, acompáñame a un mandado—me dijo, tendiéndome la mano.

—¿A dónde? —le pregunté.

—A ver si pillamos sitio en el cementerio, para ver el entierro de la muchacha que han matado.

—Yo no puedo, Elvira. No puedo ir con usted. Mi abuela nos ha dicho a mis hermanos y a mí que no podemos ir.

—¡Toma, la niña esta! Claro que no podéis ir los tres solos. No sois más que unos críos. Conmigo sí puedes ir, que soy mayor. Ven, porque no veo muy bien y me tengo que agarrar a ti.

Aquello tenía lógica. La abuela no quería que los tres nos metiéramos solos en aquel berenjenal, pero yendo con un adulto, la cosa cambiaba, Además, no era como irse con un extraño, lo cual tenía terminantemente prohibido.

Así pues, le di la mano y partimos hacia el cementerio.




 

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