Los días en Guadafuente
transcurrían con una rutina implacable. No conseguíamos levantarnos antes de
las once de la mañana, pues normalmente nos acostábamos muy tarde. Por las
noches, mientras nuestros abuelos salían a tomar el fresco a la calle con los vecinos,
mis hermanos y yo correteábamos por el pueblo, las veces que conseguía zafarme
de la negativa de mi abuela a que jugara con Paco, de quince años por aquel
entonces, y Juan, de trece.
—Está muy feo que una niña vaya a
jugar con niños. Son unos salvajes, y tú no pintas nada con ellos. Quédate
aquí, donde yo pueda verte, y juega con Margarita. Podéis hacerles vestidos a
las muñecas—me decía, dándome una bolsa llena de retales.
A mí no se me daba bien la costura,
pese a los intentos de Margarita por enseñarme. Acababa perdiendo la paciencia,
y me daba por imposible, a la par que miraba con ojos ávidos las telas
esparcidas por el suelo de la acera.
Mis pensamientos se hallaban con
mis hermanos y su pandilla de amigos, que se dedicaban a tocar en los timbres
de las puertas para salir corriendo acto seguido, o bien a cazar salamanquesas
con los tirachinas que se hacían con un trozo de madera, una goma elástica y
unas pinzas de madera de tender la ropa. ¡Ellos sí que se lo pasaban bomba!
Mi abuela, fuera cual fuera la hora a la que se acostase, no se quedaba en la cama más tarde de las siete de la mañana. Ponía lavadoras, tendía, planchaba, limpiaba y cocinaba. Y para cuando nos habíamos levantado, hasta había ido a la tienda de ultramarinos y a la panadería de Curro.
Desayunábamos un mollete con
manteca colorá y un enorme vaso de leche, mientras veíamos en
la televisión los entresijos de Alexis, Blake y Krystle Carrington. Hasta mis
hermanos estaban enganchados a «Dinastía».
Hacíamos la tarea de los cuadernos
de vacaciones y acompañábamos al abuelo a por el periódico a la Alameda.
Siempre caía alguna chuche, pese a las regañinas de la abuela.
Después de comer, esperábamos con
ansias a que terminara el telediario y la abuela se enfrascara en su
telenovela. Era la hora tonta, y no nos dejaban salir porque nos
podía dar un tabardillo con tanto sol. A fuerza de ponernos pesados, y dado el
cansancio de la abuela a esas horas, conseguíamos la mayoría de las veces,
previa mediación del abuelo, que nos dejara salir.
—Tened cuidado con vuestra hermana.
Iros por la sombra y a ver qué hacéis por ahí. Me vais a matar de un disgusto.
¡Ay, Señor!
La dejábamos rezongando, y nos
escabullíamos con prisa, por si se arrepentía a última hora.
Debajo de la ropa, llevábamos los
bañadores. A Paco y a Juan no les entusiasmaba la idea de cargar con su hermana
pequeña, aunque yo ya me veía mayor, pues en un par de semanas cumpliría los
once años. Y no era una chivata, como Ana María, la hermana de Carlos.
Ir con mis hermanos era para mí una
aventura. Nos colábamos en la poza de Salvador el de las vacas, a un kilómetro
de la salida del pueblo. Allí, entre ranas y culebras de agua, nos
refrescábamos. Risa me da cuando veo a mi hijo quejarse si le roza un alga
cuando lo hemos llevado a la playa.
Yo hacía como que no oía sus
conversaciones, enfrascada en tratar de cazar una rana verde muy bonita que
estaba en la orilla, pero mis orejas no se perdían ni una sola palabra.
—Pues yo he oído que Mónica se
escapó de su casa con Pepe el del videoclub—decía Salvador.
—¡Qué va! Esta mañana fui con mi
hermana Concha a devolver las pelis que sacamos ayer, y Pepe estaba allí—apuntó
Manolo, un muchacho al que la voz le había empezado a cambiar, y alternaba
tonos graves con agudos.
—¡Es una guarra! Dicen que se deja
tocar las tetas y el culo—dijo mi hermano Juan.
—Eso es verdad. Yo le toqué el culo
en la feria del año pasado—señaló Rafa, otro de los habituales de la pandilla.
—¡Ya quisieras tú! —rio Paco, al
tiempo que le empujaba a la poza.
Aquello fue como una señal para que
diera comienzo una batalla de empujones y ahogadillas. Yo no contaba en esos
juegos. Por un lado, lo agradecía, porque eran muy brutos y más de una vez
habían salido heridos. Pero, por otro lado, me sentía marginada.
Conocía de vista a la chica de la que hablaban. Me parecía guapísima. Morena, con el pelo larguísimo, y unos ojos castaños preciosos. El año anterior, en las fiestas de Guadafuente, la había visto en los coches de choque, fumando.
Mis padres habían venido esos días
a la feria, y me habían llevado a montarme en las atracciones. Mi madre le
había susurrado a mi padre:
—Esa es la hija de Pilar, la que
estudió conmigo en el instituto. No había terminado tercero de BUP, y ya estaba
preñada. El tío se largó, y la dejó con el bombo. Desde luego, esa cría, sin un
padre, no puede acabar bien. Al tiempo.
No entendía por qué mi madre
hablaba así de aquella muchacha. Intuía que no era de su agrado, pero no
comprendía la razón. ¿Qué culpa podía tener ella de no tener un padre?
Un sonido de sirenas me sacó de mi ensimismamiento. Al momento, todos los chicos comenzaron a salir de la alberca. Algo gordo debía de haber pasado.

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