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Capítulo dos

 

Los días en Guadafuente transcurrían con una rutina implacable. No conseguíamos levantarnos antes de las once de la mañana, pues normalmente nos acostábamos muy tarde. Por las noches, mientras nuestros abuelos salían a tomar el fresco a la calle con los vecinos, mis hermanos y yo correteábamos por el pueblo, las veces que conseguía zafarme de la negativa de mi abuela a que jugara con Paco, de quince años por aquel entonces, y Juan, de trece.

—Está muy feo que una niña vaya a jugar con niños. Son unos salvajes, y tú no pintas nada con ellos. Quédate aquí, donde yo pueda verte, y juega con Margarita. Podéis hacerles vestidos a las muñecas—me decía, dándome una bolsa llena de retales.

A mí no se me daba bien la costura, pese a los intentos de Margarita por enseñarme. Acababa perdiendo la paciencia, y me daba por imposible, a la par que miraba con ojos ávidos las telas esparcidas por el suelo de la acera.

Mis pensamientos se hallaban con mis hermanos y su pandilla de amigos, que se dedicaban a tocar en los timbres de las puertas para salir corriendo acto seguido, o bien a cazar salamanquesas con los tirachinas que se hacían con un trozo de madera, una goma elástica y unas pinzas de madera de tender la ropa. ¡Ellos sí que se lo pasaban bomba!

 Mi abuela, fuera cual fuera la hora a la que se acostase, no se quedaba en la cama más tarde de las siete de la mañana. Ponía lavadoras, tendía, planchaba, limpiaba y cocinaba. Y para cuando nos habíamos levantado, hasta había ido a la tienda de ultramarinos y a la panadería de Curro.

Desayunábamos un mollete con manteca colorá y un enorme vaso de leche, mientras veíamos en la televisión los entresijos de Alexis, Blake y Krystle Carrington. Hasta mis hermanos estaban enganchados a «Dinastía».

Hacíamos la tarea de los cuadernos de vacaciones y acompañábamos al abuelo a por el periódico a la Alameda. Siempre caía alguna chuche, pese a las regañinas de la abuela.

Después de comer, esperábamos con ansias a que terminara el telediario y la abuela se enfrascara en su telenovela.  Era la hora tonta, y no nos dejaban salir porque nos podía dar un tabardillo con tanto sol. A fuerza de ponernos pesados, y dado el cansancio de la abuela a esas horas, conseguíamos la mayoría de las veces, previa mediación del abuelo, que nos dejara salir.

—Tened cuidado con vuestra hermana. Iros por la sombra y a ver qué hacéis por ahí. Me vais a matar de un disgusto. ¡Ay, Señor!

La dejábamos rezongando, y nos escabullíamos con prisa, por si se arrepentía a última hora.

Debajo de la ropa, llevábamos los bañadores. A Paco y a Juan no les entusiasmaba la idea de cargar con su hermana pequeña, aunque yo ya me veía mayor, pues en un par de semanas cumpliría los once años. Y no era una chivata, como Ana María, la hermana de Carlos.

Ir con mis hermanos era para mí una aventura. Nos colábamos en la poza de Salvador el de las vacas, a un kilómetro de la salida del pueblo. Allí, entre ranas y culebras de agua, nos refrescábamos. Risa me da cuando veo a mi hijo quejarse si le roza un alga cuando lo hemos llevado a la playa.

Yo hacía como que no oía sus conversaciones, enfrascada en tratar de cazar una rana verde muy bonita que estaba en la orilla, pero mis orejas no se perdían ni una sola palabra.

—Pues yo he oído que Mónica se escapó de su casa con Pepe el del videoclub—decía Salvador.

—¡Qué va! Esta mañana fui con mi hermana Concha a devolver las pelis que sacamos ayer, y Pepe estaba allí—apuntó Manolo, un muchacho al que la voz le había empezado a cambiar, y alternaba tonos graves con agudos.

—¡Es una guarra! Dicen que se deja tocar las tetas y el culo—dijo mi hermano Juan.

—Eso es verdad. Yo le toqué el culo en la feria del año pasado—señaló Rafa, otro de los habituales de la pandilla.

—¡Ya quisieras tú! —rio Paco, al tiempo que le empujaba a la poza.

Aquello fue como una señal para que diera comienzo una batalla de empujones y ahogadillas. Yo no contaba en esos juegos. Por un lado, lo agradecía, porque eran muy brutos y más de una vez habían salido heridos. Pero, por otro lado, me sentía marginada.

 Conocía de vista a la chica de la que hablaban. Me parecía guapísima. Morena, con el pelo larguísimo, y unos ojos castaños preciosos. El año anterior, en las fiestas de Guadafuente, la había visto en los coches de choque, fumando.

Mis padres habían venido esos días a la feria, y me habían llevado a montarme en las atracciones. Mi madre le había susurrado a mi padre:

—Esa es la hija de Pilar, la que estudió conmigo en el instituto. No había terminado tercero de BUP, y ya estaba preñada. El tío se largó, y la dejó con el bombo. Desde luego, esa cría, sin un padre, no puede acabar bien. Al tiempo.

No entendía por qué mi madre hablaba así de aquella muchacha. Intuía que no era de su agrado, pero no comprendía la razón. ¿Qué culpa podía tener ella de no tener un padre?

 Un sonido de sirenas me sacó de mi ensimismamiento. Al momento, todos los chicos comenzaron a salir de la alberca. Algo gordo debía de haber pasado.




 

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